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Amuletos y TalismanesEl lobo está considerado como el predecesor del perro, el cual pertenece al género Canis, uno de los diez géneros de la familia Canidae y en el que están incluidos los lobos, chacales y coyotes, todos ellos muy similares al perro doméstico. En este grupo hay otra gran cantidad de animales que también tienen puntos en común, como son el zorro, el mapache o el perro salvaje africano. Todos ellos son estupendos depredadores y eficaces cazadores, aunque ninguno ha conseguido adaptarse a la vida y costumbres de los humanos.
No existen datos fidedignos que nos expliquen el origen de cada raza de perro conocida hoy, pero teniendo en cuenta su tamaño y comportamiento, así como el lugar de procedencia, se ha podido establecer la siguiente clasificación:
• El lobo norteamericano se cruzó con los lobos de China que pasaron el estrecho de Bering y ambos dieron origen al Estimo dog y al Alaskan malamute.
• Por su parte, el lobo asiático pudo cruzarse con los lobos del norte de la India y del Tíbet, originando el chow-chow y el pekinés, e incluso al toy spaniels.
• La gran difusión geográfica de los lobos asiáticos por la India, Persia y Oriente Medio produjo probablemente al dingo, los mastines y los lebreles. De este último nacieron el afgano, el saluki, el deerhound y el borzoi. El mastín, por su parte, dio origen al bulldog, carlino, Terranova, San Bernardo, dogo alemán y al sabueso de San Humberto.
• Respecto al lobo europeo es posible que engendrara al perro pastor, al terrier y al spitz.
• Finalmente, el perro pastor europeo es el antepasado del spaniels.
Por eso, la creencia de que en realidad el perro es una evolución del lobo se confirma cuando se han encontrado algunas pruebas que sitúan al primer lobo domesticado por el hombre hace 12.000 años. Por motivos poco claros, en esa época, tanto el lobo como el perro, estaban ya ampliamente difundidos por todo el planeta y se han encontrado restos de ellos en América, Europa y Asia. Lo que nadie nos ha conseguido explicar es la razón para esa amistad entre perro y humano que aún perdura hoy en día y que no existe con ninguna otra raza, ni siquiera con los simios, nuestros primos hermanos.
Que los historiadores nos hablen de Rómulo y Remo, dos bebés humanos criados parece ser por una loba, nos indica que debe existir un lazo de unión entre el ser humano y el perro imposible de precisar o cuantificar, pero que permanece sólido como hace miles de años.
Indudablemente, hay aspectos en nuestro comportamiento que nos hace similares, aunque también los hay con los simios y nunca hemos conseguido ese mismo lazo de unión. Los perros, y aún más los lobos, estos últimos incomprensiblemente eternos enemigos del hombre, organizan su vida de manera similar a la nuestra, especialmente en su concepto de territorialidad. Al igual que nosotros buscamos tener nuestra vivienda, inviolable para el prójimo, y la defendemos frecuentemente con violencia, los cánidos tienen en su genética emocional el mismo sentimiento intenso.
Hay igualmente otros muchos aspectos de similitud: el lobo suele vivir con la hembra y ambos cuidan a sus cachorros arriesgando su vida para protegerles. También, todos los clanes organizan sus cacerías, la búsqueda de la comida diaria, y cuando tienen que efectuar un ataque están perfectamente organizados. Tienen su propio jefe, no necesariamente al más joven sino el más sabio y con experiencia, y aunque el primero en probar bocado es el jefe, nadie pasa hambre. Vean, pues, la similitud con nuestros banquetes sociales en los cuales el anfitrión es el primero que comienza a comer.
Tanta importancia ha tenido el lobo en nuestra cultura, que a sus dientes, utilizados como amuletos, se le han atribuido poderes contra el mal de ojo. También existe la creencia de que evita las convulsiones en las personas epilépticas, pues para algunas culturas la epilepsia la padecen aquellas personas que han sido hechizadas. Para sentirnos protegidos de estos hechizos hemos de llevar colgado del cuello un saquito que contenga, además de los dientes de lobo, los pelos de un macho cabrío y corniolas, éstas más conocidas por el nombre de cornalinas, unas algas de tallo similar al de algunos musgos, muy gelatinosas y cubiertas de una costra caliza blanca. Las podemos encontrar adheridas a las rocas submarinas.

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