El Ermitaño

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El Ermitaño (Arcano IX) no es un eremita en el verdadero sentido del término; no está satisfecho en actitud pasiva y meditativa en una caverna, sino resuelto a explorar el mundo exterior. Hay obstáculos en su camino y debe caminar con precaución; si es verdaderamente un hombre sabio, sabe que todas las trabas se volverán en última instancia a su favor, y que hay sermones en las piedras. La pequeña llamarada del farol es la luz en su alma, que aunque débil, le permite ver mucho más allá de lo que podría hacerlo con la mera ayuda de su vista. Si trata de encontrar su senda guiado únicamente por la tenue luz de la inteligencia, errará el camino y fracasará en alcanzar su objetivo. La luz del Espíritu Supremo, que está siempre presente, por más oscuro que sea el trayecto, debe ser su guía constante.
Ya pasó la etapa del Mago, que realiza maravillosos juegos de magia; también la del eclesiástico (Sumo Sacerdote) ocupado con dogmas religiosos. En cambio, la luz Divina lo conduce en su interior, ayudado por su propia capacidad de discernimiento. Pero si aprendió correctamente la lección, en esta etapa de su desarrollo, su luz también brillará para glorificar al Padre que está en el Cielo.
Sin embargo, el Ermitaño debe ser muy prudente y sagaz. pues habrá quienes tratarán de extinguir la luz que ha obtenido de las realidades espirituales, poniendo aún más obstáculos en su camino, y desviándolo del sendero de la rectitud. Estos podrían ser el sacerdote de la religión ortodoxa, el ocultista de un orden inferior o el materialista puro. Habiendo logrado el equilibrio entre lo material y lo espiritual, la armonía entre sus impulsos más bajos y elevados, tiene que seguir adelante, comprendiendo que aún hay mucho camino por recorrer antes de llegar al fin de su jornada, en este tramo de la existencia.
Vemos en el Ermitaño al adolescente de la Carta VI, que ha elegido el camino correcto, y ha obtenido algo de la sabiduría de los ancianos. Papus dice: “La flecha lanzada por el genio en el sexto arcano se la ha convertido en su sostén, y la brillante aureola que rodeaba al genio se encuentra ahora encerrada en la lámpara que guía al Iniciado. Esa es la consecuencia del esfuerzo prolongado”. Su sostén es la fe en el Ser Supremo. “No temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Salmo XXIII, 4). La capa es su protección contra los fríos vientos de las críticas adversas y las dudas materiales que puedan asaltarlo. También puede ser el manto con el cual el Adepto oculta su profundo conocimiento de las verdades más elevadas frente a los ojos de los profanos. Gautama Buda dijo: “La percepción de la claridad de la verdad no es para las hojas tiernas”. Su linterna, además, puede simbolizar la chispa de la Divinidad, la inextinguible Lux del Espíritu, aprisionado en el caos de la materia. Eliphas Levi, dejando correr su imaginación, afirma que la capa del Ermitaño es la de Apolonio de Tiana; su cayado, el de los pastores y patriarcas, y su linterna, la lámpara de Hermes Trismegisto.