La Torre

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La Torre, también llamada La Torre alcanzada por el rayo, o La Casa de Dios (Arcano XVI) es, en algunos aspectos, una carta siniestra. Cuando el hombre vende su alma al Diablo, usa sus conocimientos ocultos para fines malignos, como lo hace el Nigromante; entonces la destrucción le llega desde el Cielo. No se engañen, no se burla a Dios; lo que un hombre siembra, eso cosechará (Gálatas, VI, 7). Esta carta de triunfo tiene en su centro una torre partida, según parece, por un rayo en un ciclo claro. Dos hombres son lanzados a la tierra desde lo alto de la torre hendida. Su fortaleza ha sido invadida, ha fallado su seguridad material. Una de las figuras está coronada y es la primera, así parece, en caer de su elevado estado, mientras que la otra está vestida rústicamente. La Justicia Divina, como la guadaña del Segador, no tiene en cuenta las desigualdades sociales. Aquel que es una torre de fortaleza para sí mismo, ciego frente a su propia debilidad, puede encontrar repentinamente destruidas sus ilusiones. En algunas cartas, como en el mazo del Instituto de la Percepción, el sol brilla sobre la torre, en lugar de que ésta esté partida por el rayo. Esto trasmite el significado más profundo de las cartas: el hecho de que la oscuridad del alma es iluminada de pronto por un chorro de luz desde el cielo, un relámpago divino. En tal caso la Torre puede compararse con el cuerpo del hombre, que lo mantiene prisionero entre los ladrillos y la argamasa de su vivienda corporal, sus limitaciones carnales. Lo estrecho de su mira lo revelan las tres pequeñas ventanas de la Torre, simbolizando sin duda la restringida visión de su cuerpo, alma y espíritu, desde la cual sólo puede echar un vistazo al Cielo, en la oscuridad con que se rodeó por propia elección. Llegará el momento, sin embargo, en el que un luminoso fulgor desde las alturas lo libera; la oscuridad se disipa, y el hombre se evade del cautiverio que se impuso a sí mismo. Su pequeño mundo pasado de satisfacción interior está destruido; debe construir el mismo una nueva morada sobre un fundamento más sólido Ahora su cuerpo tiene que convertirse en la Casa de Dios. A veces en esta carta se encuentra representada una mujer que está llorando fuera de la torre destruida. Es la Madre Naturaleza, contemplando la destrucción de su edificio material. Se trata de la rebelión de la carne, despojada de su prisionero.
Este naipe también puede referirse, en el caso de un alma avanzada, a la completa liberación respecto de la esclavitud de la carne. El alma ya no necesita encarnarse; se ha liberado de la incesante Rueda giratoria (Arcano X) de la Reencarnación. Se observará que en el mazo del Instituto de la Percepción hay pequeñas gotas de oro, desparramadas de cada lado en el tope de la Torre. En algunos mazos aparecen como llamas puntiformes. En los naipes del tipo del Tarot marsellés aparecen como pequeñas llamaradas, que apuntan hacia arriba en el caso del Sol y hacia abajo en el caso de la Luna. En la carta XVIII (La Luna) del Tarot de François Jorger (siglo XVII), se dirigen todas hacia la Tierra, y en la Carta XIX hacia el centro del Sol. Estas esferas o chorros de fuego representan todo lo que desciende desde arriba o que asciende a las alturas. Lo que es espiritual en relación con el Sol y astral en relación con la Luna. Cuando llega la luz, los ojos se abren a lo que desciende de las alturas: el Maná que cae del Cielo, más enriquecedor que las monedas de oro de una casa de moneda terrenal, que caen de los bolsillos del Ahorcado.